Son acróbatas por naturaleza. Miden más de diez metros de largo y pesan unas 40 toneladas. Las ballenas jorobadas inician su migración desde la Antártica a las cálidas aguas panameñas entre junio y octubre, recorriendo juntas unos ocho mil kilómetros en busca de un clima templado.
El Golfo de Panamá es testigo de la migración más larga que realiza un mamífero. Se trata de dos poblaciones de ballenas jorobadas que anualmente llegan a sus aguas: las del hemisferio norte, que provienen de Alaska y llegan a las costas panameñas entre enero y marzo; y las de la Antártica, que transitan entre julio y octubre.
En su travesía desde el Pacífico sur, las ballenas van llegando a Perú, Ecuador o Colombia, y muchas nadan unos kilómetros más hasta alcanzar las aguas panameñas. Allí se reproducen y traen al mundo a sus crías, ofreciendo un espectáculo único para turistas, científicos y locales.
Los mamíferos se asientan en su nuevo hogar, muy cerca de las costas, ante la mirada de decenas de turistas que a diario pasean en embarcaciones buscando ver de cerca a las ballenas y delfines. Sin embargo, el creciente número de barcas y su cercanía con los cetáceos, más el contacto con redes de pesca y la contaminación, han puesto en riesgo a estos animales marinos.
La observación responsable de ballenas y delfines es crucial para la protección de estos mamíferos y, a la vez, es una oportunidad de turismo sostenible que genera beneficios directos para los operadores locales que realizan esta actividad como un negocio.
Es por ello que el Ministerio de Ambiente (MIAMBIENTE), la Autoridad de los Recursos Acuáticos de Panamá (ARAP), el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y la fundación Marviva con el apoyo del Fondo Mundial para el Medio Ambiente (GEF, por sus siglas en inglés), fortalecen las capacidades de las personas que se dedican a esta práctica a través de proyectos que capaciten en avistamiento responsable, protegiendo la biodiversidad en los archipiélagos.
Pedro Santimateo vio su primera ballena hace 16 años. Desde entonces, ha trabajado en el archipiélago de "Las Perlas" y convirtió el avistamiento en su oficio. Cuenta que ha sido testigo de momentos inolvidables en la vida marina, como el nacimiento de un bebé ballena, conocidos como terneros.
"Esa fue mi mejor experiencia, porque era más la impresión de ver al grupo. Se reúnen entre 14 y 16 del grupo de ballenas protegiendo a la cría que acaba de nacer”, recuerda.
Sin embargo, no todo ha sido alegrías. Pedro reconoce que el aumento del turismo y el avistamiento descontrolado han afectado a los mamíferos: “Llegó uno de la nada a toda máquina y se montó encima de la ballena y la golpeó. La ballena se hundió y, para mí, eso no está bien. Cuando le llamamos la atención al tipo, contestó que el cliente quería tirarse al agua con la ballena y por eso llegó a esa velocidad”.
Según dice, hoy se observa un cambio en los animales. “Las ballenas no están haciendo lo que hacían años atrás. No están saliendo, no están jugando, para mí algo está pasando”, dice. En días en que no es fácil avistar un cetáceo, apenas sale uno a la superficie, “unos o 8 o 10 barcos van detrás de la ballena persiguiéndola, y ella se siente perturbada. Eso pasa casi todos los días”, se lamenta.
Pedro junto a otros 36 boteros y operadores de servicios turísticos fueron capacitados por el PNUD en avistamiento responsable y sostenible de cetáceos. Muchos combinan la pesca con el turismo para ganarse la vida, y están decididos a hacerlo de forma sostenible y respetuosa con el medio ambiente.
“Si no tengo la ballena, ¿qué le ofrezco al cliente? Yo trato siempre de respetar a la ballena porque es parte de la naturaleza”, explica. No obstante, asegura que hay nuevos boteros que no respetan a los animales, se acercan y los asustan o les hacen daño.
La Coordinadora del Proyecto del PNUD, Malena Sarlo, explica que las ballenas “viajan a estas áreas porque las aguas son cálidas, son sitios someros de poca profundidad en donde pueden enseñarle a sus crías a respirar, porque recordemos que son mamíferos marinos y necesitan salir a la superficie, y a otras habilidades que necesitarán para sobrevivir en su hábitat”.
El riesgo es interferir en lo que están haciendo. “Por ejemplo, si la madre esta ensenándole alguna habilidad a la cría, tiene que gastar energía a escapar, que de otra forma sería destinada a aprender algo nuevo,”, dice.
Para promover el turismo sostenible, el PNUD ayudó a identificar las zonas prioritarias para la conservación y protección de los animales en mapas de avistamiento de ballenas y delfines.
Además, el PNUD apoyó la actualización del protocolo de avistamiento de cetáceos: la normativa que rige el avistamiento de mamíferos marinos en su hábitat natural de forma responsable. Entre otras sugerencias, se recomiendan avistamientos de no más de 30 minutos y a una distancia de 250 metros del animal. El motor de la embarcación debe estar encendido, pero en neutral; se debe viajar paralelo a las ballenas, sin interceptarlas, y a baja velocidad para evitar hacer ruido.
Los barcos de mayor tamaño que transitan por el Canal de Panamá también son un potencial peligro para las ballenas. Anualmente entran y salen del Golfo de Panamá unos 17 mil barcos. Para evitar colisiones entre los mamíferos y las embarcaciones, el Corredor Marino de Panamá regula el paso de los barcos mediante dispositivos de separación de tráfico virtuales que minimizan el contacto de los animales con las flotas mercantes.
Pero el turismo y el transporte marítimo no son los únicos riesgos que enfrentan las ballenas. Las islas del archipiélago de Las Perlas -unos de los cuatro del país- generan ocho toneladas de basura por semana. “Este plástico llega de la ciudad, llega de los mares, entonces nosotros debemos hacer nuestra parte. Primero, reducir nuestro consumo, definitivamente; reutilizar y reciclar”, dice Magdalena Velázquez, Gerente de Comunicaciones de Marviva.
“Tenemos que capacitar y, una vez que capacitemos, certifiquemos a aquellos que estén definitivamente aptos para realizar el avistamiento de cetáceos, pueden ser ellos mismos los guardianes del tesoro que tenemos en esta área. Ellos mismos pueden ser los que cuiden su pan de cada día”.
- Roger López Correa, Administrador, Autoridad de Turismo de Panamá (ATP), Oficina Regional Bocas del Toro.
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