En Bolivia, hay regiones donde la malaria es endémica. La región de la selva amazónica constituye un terreno fértil para los mosquitos. El clima tropical produce además fuertes tormentas e inundaciones, lo que limita la atención de salud de miles de personas vulnerables que habitan en zonas remotas y de difícil acceso.
Entonces ¿cómo ha hecho Bolivia para encaminarse hacia la eliminación de la malaria? En vísperas del Día Mundial de la Malaria 2018, descubre de qué manera el Gobierno boliviano ha trabajado con el PNUD y el Fondo Mundial para ofrecer diagnóstico y tratamiento oportunos, fortalecer los sistemas de salud para no dejar a nadie atrás y luchar contra la enfermedad.
“Nos toma 22 horas llegar a las comunidades más remotas en peque-peque”, explica Rubén Salazar Montero (43), trabajador sanitario. Los “peque-peque” son pequeñas embarcaciones a motor y un medio vital de comunicación para las comunidades remotas de la región amazónica de Bolivia.
“Sin embargo, como nos detenemos en todas las comunidades a lo largo de nuestro recorrido, nos toma entre 18 y 20 días cubrir toda el área para completar el trabajo”.
Es fundamental llegar a las comunidades más alejadas en Bolivia. El 98% de los casos de malaria se registra en la región amazónica del país, y las poblaciones de trabajadores migrantes, como los castañeros o los recolectores de almendras, corren un elevado riesgo de contraer la enfermedad. Se estima que más de 35.000 trabajadores estacionales migran a zonas de difícil acceso en la cuenca del Amazonas, cerca de las orillas de los ríos principales. Para enfrentar esta situación, los equipos sanitarios móviles trabajan en las riveras de los ríos principales del Amazonas boliviano en motocicletas durante la estación seca y en pequeñas embarcaciones a motor durante la estación lluviosa, cuando el único acceso posible es por bote.
“El programa de pulverización y fumigación no fue suficiente para erradicar la malaria. Un avance importante en el proceso tuvo lugar cuando comenzamos a educar a las personas sobre el uso correcto de los mosquiteros como forma de controlar la enfermedad”.
Los equipos sanitarios móviles están conformados por cuatro personas, tres de las cuales viajan a las comunidades remotas y la otra permanece en el puesto de salud para garantizar el diagnóstico y tratamiento rápidos y efectivos de la enfermedad. Los trabajadores sanitarios llevan consigo todos los suministros que necesitan, incluidos pruebas de diagnóstico rápido, medicamentos, insecticidas, bombas de rociado, mosquiteros y rotafolios para las sesiones educativas sobre salud con las comunidades.
“Hacemos énfasis en cómo cuidar los mosquiteros, así como en la importancia de airearlos a la sombra por 24 horas para garantizar que no queden expuestos al sol durante ese tiempo. Para que duren entre tres y cinco años, las telas mosquiteras deben lavarse cada seis meses de ser necesario. Como están impregnadas con repelente, el lavado debe hacerse solo con agua y jabón, sin detergente”, explica.
La combinación de medidas preventivas, como el diagnóstico precoz y tratamiento oportuno, distribución de mosquiteros, el rociado en áreas donde existen brotes endémicos y la educación para la salud, ha producido un impacto significativo.
“Mis colegas y yo estamos satisfechos con estos resultados. Me gusta mi trabajo como trabajador sanitario y me siento feliz. He participado en este programa nacional contra la malaria durante más de 23 años”, asegura.
Para garantizar que nadie se quede atrás en la lucha contra la malaria y para que el diagnóstico y el tratamiento tempranos estén a disposición de todas las personas, se han establecido además 185 puestos comunitarios de salud. Voluntarios locales reciben capacitación y asistencia técnica para que puedan gestionar los casos de malaria en el ámbito comunitario. Dilma Montero Guallani (59) es una voluntaria que trabaja en una comunidad remota llamada Pekín, donde provee diagnóstico y tratamiento tempranos a las comunidades de difícil acceso.
“Antes, los únicos lugares donde podías averiguar si tenías malaria eran Sena o Riberalta. Desde aquí toma dos días llegar a Sena en bote a motor. Entonces, debes recurrir a remedios caseros para tratar la enfermedad”, explica.
La amenaza de la malaria en zonas rurales se traduce en una gran demanda de diagnóstico y tratamiento tempranos en la comunidad de Dilma.
“Hay días en los que me visitan cuatro o cinco personas; en ocasiones, incluso vienen a verme por la noche”.
El establecimiento de los puestos comunitarios de salud contribuye al empoderamiento de las poblaciones locales afectadas para que asuman un rol de protección de la salud de sus comunidades y luchen contra la propagación de la enfermedad.
“Me siento bien porque esto está ayudando a la comunidad. Si yo no estuviera aquí, o si no lo hubiera querido hacer, ¿cómo sabríamos si corremos el riesgo de contraer ciertas enfermedades, sobre todo la malaria? Además, debemos tener el tratamiento disponible para poder avanzar en esta lucha”.
“Éramos el alimento de los mosquitos. Me quería ir, pero no tenía adónde”.
María Rodríguez Álvarez (61) ha vivido en la ciudad de Guayamerín durante más de 30 años. Viuda y a cargo de siete hijos, compró un terreno en la ciudad. El objetivo era construir su casa lo más cerca posible para que sus hijos pudieran ir a una escuela cercana, pero no se había dado cuenta de que el terreno se inundaba en la estación lluviosa entre enero y marzo.
“Nadie podía entrar aquí. Estaba rodeada de agua. Debimos conseguir una canoa para ir a la ciudad. Sufrimos mucho”, explica.
Además del aislamiento de la familia, el agua de las inundaciones traía consigo un aumento del riesgo de malaria.
“Tuve malaria muchas veces. Todos mis hijos la tuvieron. Cuando hospitalizaban a mi hijo, al día siguiente él huía. A veces llegaba a casa con el suero. No quería estar en el hospital”, recuerda. “Soy viuda y quedé a cargo de mis siete hijos a los que tuve que criar sola. Gracias a Dios, la malaria no se llevó a ninguno”.
En todo el mundo, la malaria todavía se cobra la vida de 450.000 personas por año, entre ellas, un niño cada dos minutos. Según la Organización Mundial de la Salud, se estima que en 2016 hubo 216 millones de casos de malaria. Sin embargo, gracias a las intervenciones del Gobierno y de los aliados, Bolivia ha logrado un progreso extraordinario en la reducción de las tasas de malaria del país. En 2000, Bolivia tenía unos 30.000 casos de malaria, cifra que se redujo a 6.800 en 2017. La disminución de la cantidad de personas que contraen la enfermedad significa que más personas pueden continuar trabajando o yendo a la escuela y llevar una vida saludable.
Por otro lado, no se han informado casos de muertes relacionadas con la malaria en los últimos cinco años y ya se ha logrado eliminar uno de los tipos más peligrosos y potencialmente mortales de la enfermedad, la malaria por P. falciparum. La meta consiste ahora en continuar las actividades de prevención y tratamiento en un intento por eliminar la enfermedad por completo.
“Aquí proliferan muchísimos mosquitos, pero los trabajadores siempre limpian las aguas y fumigan. Eso ha ayudado a reducir la malaria”, explica María.
En la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible se han fijado metas ambiciosas para poner fin a la pandemia de malaria para 2030 y lograr la cobertura de salud universal. Con el apoyo del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) y el Fondo Mundial de Lucha contra el Sida, la Tuberculosis y la Malaria, este año, el Gobierno de Bolivia lleva adelante una campaña a gran escala para distribuir 91.000 mosquiteros para proteger a más de 180.000 personas vulnerables.
La distribución se centra en las mujeres embarazadas, las poblaciones migrantes y personas que residen en zonas urbanas y rurales. Para garantizar el uso apropiado de los mosquiteros, el diagnóstico oportuno y la observancia del tratamiento, los profesionales médicos realizan visitas domiciliarias para enseñar a las personas cómo protegerse y dónde obtener tratamiento.
Cidar Duarte Vaca (63) trabaja para uno de los programas regionales del país de lucha contra la malaria y ha visto esta transformación de primera mano.
“Comenzamos a observar una disminución de los casos de malaria a medida que adquiríamos los tanques de fumigación, enviábamos a los trabajadores sanitarios itinerantes, y distribuíamos medicinas, mosquiteros, motocicletas, camiones y botes”, explica.
“Muchos funcionarios de la salud no van a los lugares a los que pueden llegar los trabajadores sanitarios móviles, que son los sitios donde las personas tienen malaria y no están recibiendo atención”, dice.
“Pero con nuestra presencia, las personas obtienen la ayuda que necesitan”.
En consonancia con el Plan Estratégico 2018-2021 del PNUD y como se describe en la Nota estratégica VIH, Salud y Desarrollo 2016-2021: Conexiones e interrelaciones, el PNUD colabora con el Fondo Mundial para apoyar y fortalecer las respuestas nacionales multisectoriales contra la malaria en siete países y un programa regional en el Pacífico, prestando asistencia integral para políticas, programas y desarrollo de capacidades.
© 2026 United Nations Development Programme