En algunas costas de México, la biodiversidad parece inagotable: los manglares filtran el agua que llega al mar, los arrecifes resguardan la vida marina y los humedales sostienen aves, peces y mamíferos autóctonos. Son también territorios habitados capaces de adaptarse y mantenerse frente a los cambios; lugares donde comunidades enteras han tejido su vida alrededor del cuidado de la naturaleza y de una economía ligada al turismo que depende, precisamente, de que ese corazón natural siga latiendo.
Sin un manejo cuidadoso, lo que hoy parece inagotable puede degradarse con el tiempo, poniendo en riesgo tanto la biodiversidad como los medios de vida locales. Para enfrentar este desafío surge Kuxatur, un proyecto que toma su nombre del vocablo maya kuxa’an (“vivo”) y la palabra “turismo”. El objetivo es generar un nuevo modelo de turismo sostenible y resiliente en México, que conserve la biodiversidad e incluya a las comunidades en el diseño de políticas públicas vinculadas a este sector, buscando rutas hacia el equilibrio entre los ecosistemas, las comunidades y el turismo.
“Nos motiva la conservación”, dice con convicción Rocío García, guía local en la costa de Oaxaca. Para ella, cuidar del entorno no es un discurso: es la condición que permite seguir viviendo en un territorio donde la naturaleza marca el ritmo de la vida cotidiana.
En esta franja del Pacífico mexicano, el atractivo es casi inmediato: hay bahías donde el agua brilla en la oscuridad por la bioluminiscencia, selvas que avanzan hasta encontrarse con playas cristalinas y lagunas costeras donde los cocodrilos forman parte del paisaje. Son experiencias que, hasta hace poco, circulaban principalmente entre viajeros especializados y comunidades locales, pero que hoy empiezan a ocupar un lugar más visible en los mapas turísticos.
El cambio es medible: solo en el 2025, más de cuatro millones de personas visitaron Oaxaca, un flujo que impulsó al estado varios lugares arriba en el ranking nacional de destinos turísticos. Pero el auge turístico también expone una tensión conocida en destinos emergentes: la velocidad del crecimiento no siempre avanza al mismo ritmo que la protección del territorio. Manglares, humedales y lagunas costeras, que sostienen tanto la biodiversidad como las actividades económicas locales, enfrentan una presión creciente conforme aumenta la demanda turística.
“Si dejamos de cuidar este lugar, las próximas generaciones ya no van a conocer lo que tenemos hoy”, advierte Rocío.
Para responder a este desafío, Kuxatur realiza varias acciones que fortalecen la resiliencia ecológica en la costa de Oaxaca, que abarca del Parque Nacional Lagunas de Chacahua al Parque Nacional Bahías de Huatulco. Allí, el equipo del proyecto trabaja junto a la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), gobiernos locales y cooperativas comunitarias como la de Rocío.
Su cooperativa nació hace 26 años cuando un grupo de habitantes decidió abandonar actividades que dañaban los ecosistemas, como la cacería, la extracción de huevos de tortuga marina, la apertura de cultivos en la selva y la pesca excesiva. Para Itsel Villavicencio, guía local certificada en ecoturismo, la existencia de más organizaciones de este tipo marcaría una diferencia sustancial en el equilibrio entre entorno y visitante. Tal y como ella lo expone, el cambio comienza cuando “se aprende a cuidar el lugar que te vio nacer y crecer, y que hoy te da trabajo”.
Los resultados ya son visibles en el territorio. Hoy, se protegen más de 19.000 hectáreas, tres sistemas lagunares y más de 685 especies de aves, peces, corales y mamíferos asociadas a estos corredores costeros. Así mismo, se manejan de forma responsable especies como cocodrilos y venados en una Unidad de Manejo para la Conservación de la Vida Silvestre (UMA), fortaleciendo así medios de vida más resilientes. Además, se ha incorporado infraestructura de bajo impacto, como baños ecológicos, biodigestores y paneles solares para reducir la huella ambiental de la actividad turística.
Más allá del cuidado del entorno, Rocío subraya que este modelo también transforma las relaciones sociales dentro de la comunidad: “En la cooperativa existe igualdad de género. Cuando somos mayoría, podemos hacer que las cosas avancen”. Con la mirada puesta en replicar esta experiencia en otras regiones del país, concluye sin titubeos: “Somos un modelo a seguir”.
Las aguas del Mar de Cortés, que bañan la costa sur de Baja California Sur, albergan uno de los ecosistemas marinos más ricos del planeta. De hecho, el oceanógrafo Jacques Cousteau lo llamó “el acuario del mundo”: uno puede encontrar desde ballenas grises y jorobadas y lobos marinos, hasta especies endémicas como la totoaba, un pez en peligro crítico de extinción, o la vaquita marina, el cetáceo más pequeño del mundo. Todos ellos forman parte de un equilibrio tan extraordinario como frágil.
En este entorno único se asienta uno de los estados menos poblados de México, pero también uno de los más dependientes del turismo: la actividad turística genera aproximadamente dos de cada tres empleos. Este fenómeno ha impulsado un crecimiento acelerado de servicios públicos e infraestructura y desarrollo inmobiliario, lo que tiene un impacto en los ecosistemas y en los medios de vida de las comunidades locales.
Por otra parte, las temperaturas del mar en aumento y la pérdida de biodiversidad ponen en entredicho la viabilidad a largo plazo de un modelo turístico basado en la riqueza natural. Además, al ser uno de los estados más áridos de México, depende en gran medida de acuíferos, pozos profundos y agua desalinizada para abastecer a la población y los visitantes. La combinación de consumo turístico y cambio climático ha elevado la vulnerabilidad hídrica de la región.
Para responder a este panorama, Kuxatur impulsa acciones en los municipios de Los Cabos y La Paz, donde técnicos y comunidades trabajan de manera conjunta en la protección de los acuíferos, al tiempo que se promueve un turismo responsable. En Los Cabos, Mercedes Silva, quien lidera un rancho ecoturístico, está convencida de que preservar el agua y los bosques no es un acto romántico, sino una inversión en el futuro económico de su familia y de toda la región: “Debemos trabajar por conservar el territorio y que mis hijos conozcan la cascada igual que yo la conocí”.
En contraste con los proyectos turísticos convencionales que predominan en la zona, el turismo alternativo que impulsa Mercedes—junto con otros ranchos ecoturísticos, prestadores de servicios de avistamiento de ballenas y aves, y negocios locales de botánica, senderismo, ciclismo de montaña y buceo—busca reducir la huella ecológica y aumentar la resiliencia mediante la creación de redes locales que distribuyen a los visitantes y evitan la saturación de un solo sitio. Al priorizar experiencias de bajo impacto, se preserva la identidad cultural, se reduce la presión sobre la infraestructura y se generan beneficios duraderos.
Hoy, estos esfuerzos permiten la conservación de 574.000 hectáreas de bosques de coníferas, palmar, matorral, selvas bajas, dunas y litoral costero que albergan 2.025 especies de plantas y animales, desde venados y coyotes, hasta ballenas y corales, lo que incrementa la capacidad del territorio para responder y adaptarse a los impactos del cambio climático.
Como señala Mercedes: “Proponemos la otra cara del turismo; distinta al sol y playa, donde los visitantes cambian su perspectiva y se enamoran de nuevas experiencias”.
En Quintana Roo, al sureste de México y a orillas del Caribe, se encuentra uno de los territorios con mayor presencia de población indígena maya del país. Es una región donde la identidad cultural convive con dos de los ecosistemas más importantes del continente: la segunda selva tropical más grande de América y el segundo arrecife coralino más extenso del mundo.
Durante décadas, cenotes, la milpa tradicional (un sistema agrícola mesoamericano ancestral basado en el policultivo) y playas de aguas turquesa alimentaron un modelo de turismo masivo que convirtió este estado en uno de los destinos más visitados de América Latina. El alcance del fenómeno es evidente: tan solo entre enero y mayo de 2025, Quintana Roo concentró casi la mitad de los flujos turísticos del país.
Pero el éxito ha tenido costos visibles. La derrama económica se concentra en pocas cadenas hoteleras, la mayoría de origen extranjero, mientras muchas comunidades locales reciben pocos beneficios y dependen casi exclusivamente de empleos poco diversificados. En numerosas ocasiones, las decisiones clave sobre el uso del territorio se han tomado sin la participación de las comunidades indígenas. Como resultado, procesos como la deforestación para dar paso a nuevos desarrollos han reducido significativamente la extensión de los ecosistemas y afectado su equilibrio.
En este contexto, Maya Ka’an, en el sur del estado y en la frontera con Belice, empieza a perfilar una alternativa basada en cooperativas y liderada por las propias comunidades mayas. El objetivo es claro: que la biodiversidad y la identidad cultural sigan kuxa’an, o “vivas”, y que los ingresos permanezcan en el territorio mientras llegan nuevos visitantes. “Es como invitar a alguien a tu casa”, comenta Zendy Celeste, integrante de una cooperativa local.
En este contexto de presión creciente, Kuxatur está ayudando a empresas comunitarias a fortalecer capacidades con acompañamiento en diferentes actividades relacionadas al turismo. Por ejemplo, en la operación de alojamientos y servicios de alimentación hasta la formación de guías certificados, mejores prácticas turísticas para la observación de aves, construcción de senderos o el diseño de experiencias ancladas en el conocimiento y la identidad maya, donde el visitante no solo recorre el territorio, sino que aprende a cuidarlo.
El centro ecoturístico que encabeza Margarita Chimal es un ejemplo claro de este enfoque. Ella lo resume con claridad:
“no somos un hotel, sino gente local que quiere que quienes nos visitan conozcan nuestra cultura y formen parte de cada vivencia”.
Ese mismo espíritu guía a José Andrés Chuc, productor de miel de abejas nativas, quien ofrece la experiencia de elaborar jabones y cremas. “Estamos en destinos como Maya Ka’an porque aquí se cuida la biodiversidad”, afirma. A estas se suman otras vivencias, como el bordado con mujeres mayas o la música tradicional del Mayapax, que refuerzan el vínculo y equilibrio entre cultura, naturaleza y turismo.
Hoy, Maya Ka’an ha favorecido la protección de casi un millón de hectáreas de selvas tropicales, manglares y ecosistemas costeros que constituyen el hogar de jaguares, guacamayas, jabalíes, tapires, tiburones, arrecifes y otras 4.000 especies, asegurando así paisajes más resilientes ante incendios, huracanes y el avance de la deforestación. Este enfoque se refleja también en el fortalecimiento de redes comunitarias de turismo en toda la península, posicionando a la región como un referente de turismo con identidad local. Como bien resume Zendy: “Tienes derecho a visitarnos, pero de manera respetuosa. Llévate la experiencia; llévate el conocimiento”.
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El PNUD implementa Kuxatur en coordinación con la Secretaría de Turismo del Gobierno de México, World Wildlife Fund (WWF), ISLA, Amigos de Sian Ka'an y los Gobiernos de los estados de Oaxaca, Baja California Sur y Quintana Roo, con el impulso y cofinanciamiento del Fondo para el Medio Ambiente Mundial (GEF).
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