La Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP27), que tiene lugar del 6 al 18 de noviembre en Egipto, ha sido denominada “la COP de África”. Esta reunión mundial crucial arroja luz sobre cómo se manifiesta la emergencia climática en el continente y cómo los países africanos y los socios globales están respondiendo a ella. Hablamos con Ahunna Eziakonwa, Directora del PNUD para África, sobre los temas clave y los resultados esperados de la COP27.
El Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, hace poco se refirió a este fenómeno global como “destrucción climática”. Y es evidente que repercute en África de forma desproporcionada. El Sahel está sufriendo la sequía más prolongada de los últimos 40 años, y los ciclos de sequía del Cuerno de África se han acortado: hace algunos decenios se producían cada 15 años, y ahora cada menos de 5 años, lo que dificulta enormemente la capacidad de recuperación de las comunidades afectadas.
Los países africanos comprenden las amenazas existenciales que supone el cambio climático y ya están adoptando medidas para contrarrestarlas.
Por ejemplo, los Gobiernos africanos se han comprometido a invertir 264.000 millones de dólares de los Estados Unidos (USD) de sus recursos nacionales para cumplir los compromisos establecidos en sus Contribuciones Determinadas a nivel Nacional (NDC) en materia de cambio climático.
Un análisis publicado recientemente pone de manifiesto que en el continente la inversión pública en energías renovables pasó de 4.000 millones de USD entre los años 2000 y 2009, a 55.000 millones de USD entre 2010 y 2022. Esta suma representa tan solo el 10 % de los 2,8 billones de USD que sería necesario invertir entre 2020 y 2030.
Aunque es una medida loable, seguirían faltando 50.000 millones de USD más para completar lo que necesitan invertir los países africanos cada año con el fin de combatir el cambio climático. Este es el motivo por el que el resto del mundo debe procurar, junto con África, aumentar el nivel de financiación requerido para enfrentar esta catástrofe mundial.
No tomar medidas inmediatas e idóneas no afectará únicamente a la población que vive en zonas rurales (el 60 % de los 1.400 millones de habitantes de África), cuyo sustento está subordinado a las condiciones climáticas y se ve amenazado por el estrés hídrico creciente, la ampliación de las zonas áridas y desérticas, y el aumento del nivel del mar. A su vez, la acidificación del océano y las temperaturas en aumento repercuten negativamente sobre las economías africanas dependientes del océano, en especial las de los Estados insulares en desarrollo.
Estos cambios perjudicarán la seguridad alimentaria, pondrán en jaque las transiciones energéticas justas y arrastrarán por debajo de la línea de pobreza a más millones de personas de todo el continente. También afectarán el crecimiento económico mundial, provocarán desplazamientos forzados en masa y comprometerán la seguridad mundial.
Si no actuamos ahora, me temo que nos enfrentamos a un panorama extremadamente preocupante.
Quienes viven en regiones conflictivas y frágiles muchas veces se encuentran en primera línea frente al cambio climático, pero tienen una capacidad cada vez más limitada para gestionar las conmociones y crisis debido a la falta o la pérdida de los datos y servicios ambientales y climáticos de los que dependen los sistemas de alerta temprana, así como a la pérdida de infraestructuras fundamentales y de medios económicos de subsistencia. Además, los efectos del cambio climático aumentan la competencia por unos recursos naturales limitados, una situación que abona el terreno para el extremismo violento, que a su vez obstaculiza aún más la movilización de recursos. Y así sucesivamente.
Se van agravando los problemas y los sistemas de alerta temprana deben mejorarse. En este sentido, el PNUD está trabajando con la Unión Africana y los países del Sahel para reforzar las iniciativas orientadas a la gestión y reducción del riesgo de desastres. El sistema africano de alerta y respuesta tempranas ante peligros múltiples (AMHEWAS, por sus siglas en inglés), establecido recientemente por la Unión Africana, es un buen ejemplo.
Esta situación exige una inversión mayor en soluciones que agilicen el desarrollo, ofrezcan los dividendos de la paz y, a su vez, combatan las causas de fondo del cambio climático. Pero es necesario ir más allá, y por eso el PNUD también está invirtiendo en programas de estabilización. Así pues, en el marco de su oferta insignia para el Sahel denominada “A Regeneration” (una regeneración), el PNUD está proporcionando la infraestructura básica para mantener los medios de subsistencia e invirtiendo en programas de energía renovable. Los jóvenes son el principal catalizador de esas iniciativas, en particular en la región Liptako-Gurma y la cuenca del Lago Chad.
Los recursos minerales, terrestres y solares de África, los mayores del mundo, son fundamentales para impulsar una revolución energética renovable que también pueda propiciar la industrialización del continente. Por esta razón, la oferta estratégica renovada del PNUD en África asigna un papel destacado a la energía renovable, sostenible y asequible como pilar fundamental de las inversiones de la organización en el continente.
Queremos aprovechar la oportunidad de colaborar con los sectores público y privado para que los más de 600 millones de personas de África que todavía no tienen electricidad puedan acceder a la energía renovable, de conformidad con el Plan Estratégico del PNUD.
Nuestro enfoque está orientado a mejorar la viabilidad financiera y a promover las inversiones del sector privado a mayor escala, con especial hincapié en los modelos empresariales innovadores que beneficien a los usuarios finales a través de tarifas más bajas y una ampliación de sus servicios.
A los países africanos les está costando muy cara la crisis climática mundial, de la que son sus menores responsables. Teniendo en cuenta que África es la causante de solo un 4 % de las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel mundial, es inconcebible que se le exija que endeude a su población para combatir el cambio climático. Por eso, hace poco el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, planteó que “los contaminadores deben pagar”.
En vistas de las conmociones socioeconómicas recientes ocasionadas por la pandemia de COVID-19 y la guerra en Ucrania, para obtener resultados en lo relativo a los objetivos climáticos de África hay que impulsar con más fuerza el artículo 9 del Acuerdo de París, que establece que los países desarrollados deben seguir cumpliendo sus obligaciones en virtud de la Convención y proporcionar recursos financieros a los países en desarrollo para prestarles asistencia en la mitigación y la adaptación.
Los mercados de carbono deben operar de forma más justa. Al adquirir permisos o créditos gracias a proyectos de reducción de emisiones, las empresas emisoras pueden tener acceso a financiación para la transición a cero emisiones netas en África.
Y aunque el continente alberga algunos de los recursos forestales más importantes, como la selva tropical de la cuenca del Congo (la segunda más grande del mundo), las ventajas de proteger la naturaleza siguen sin beneficiar a las comunidades africanas a quienes pertenecen estos recursos.
África representa el 2 % de las transacciones en los mercados de carbono a escala mundial, y Sudáfrica y África Septentrional han recibido el grueso de los fondos del mecanismo para un desarrollo limpio establecido en el Protocolo de Kyoto. Por eso es fundamental que en la COP27 se pongan sobre la mesa normativas viables para los mercados de carbono.
Con los recursos naturales extraordinarios que tiene el continente, África tiene la llave de muchas soluciones climáticas mundiales y para la transición a economías más ecológicas. Dado que se celebra en África, esta COP debe ser el espacio donde se llegue a un consenso en torno a qué constituye una transición energética justa. La financiación también es central para poder plantear metas ambiciosas y debe proporcionarse de la siguiente forma:
Conoce más sobre los desafíos de la COP27.
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