El lago Chad, situado a más de 200 kilómetros de N’Djamena, capital de Chad, es uno de los lagos más antiguos de África. Este cuerpo de agua dulce sirve de sustento para unos 30 millones de personas que viven a lo largo del lago en Nigeria, Camerún, Níger y Chad, así como en otros países vecinos.
Sin embargo, desde inicios de los 70, la superficie original del lago se ha visto dramáticamente reducida en un 90% debido a una gestión no sostenible del agua y al cambio climático. La superficie de la cuenca se redujo de 25.000 a 2.000 kilómetros cuadrados.
"El lago se ha ido reduciendo durante los últimos 50 años”, dice Ibrahim Alimi, un profesor jubilado de la aldea de Tantaverom. “Solía extenderse hasta donde alcanzaba mi vista; pero ahora está cubierta de arena”.
Las consecuencias del cambio climático son evidentes en todas partes: cadáveres de ganado en las carreteras, el cielo lleno de polvo, dunas de arena y pólderes secos revelan el impacto de sequías sucesivas y recuerdan la proximidad del desierto del Sahara.
Asimismo, sus aguas poco profundas (de casi siete metros de profundidad), hacen que el lago sea propenso a la evaporación y dependa de las lluvias estacionales.
Aunado al cambio climático, el problema de los refugiados contribuye a la fragilidad de este particular ecosistema. La insurgencia del grupo islamista Boko Haram, contra la población civil en el nordeste de Nigeria y países vecinos, ha ocasionado el desplazamiento de más de 2 millones de personas en 2017 y conllevó a una destrucción masiva de infraestructuras básicas como carreteras, centros médicos y escuelas, así como casas y granjas.
La seguridad alimentaria se ha deteriorado rápidamente, acompañada del riesgo de hambruna que amenaza a más de 7 millones de personas, incluido medio millón de niños que sufren de malnutrición aguda grave (OCHA). Se estima que en 2010 el total de personas que dependían del lago y de sus recursos alcanzaba los 35 millones.
El PNUD, junto con sus socios, lleva a cabo proyectos de desarrollo que se enfocan en la gestión de recursos naturales y la rehabilitación de ecosistemas del lago Chad.
La reforestación es una de las soluciones que apoya el Estado francés, como parte de los compromisos acordados en la COP21 y la COP22.
Ségolène Royal, la exministra de Ecología de Francia, firmó un convenio de US$ 1,7 millones con el PNUD para restaurar la vegetación en torno al lago, apoyar las iniciativas económicas de las mujeres y adoptar prácticas agrícolas ante el cambio climático.
Van a ser sembradas más de 4.000 hectáreas con plántulas resistentes a la sequía en cinco zonas vulnerables para evitar el estancamiento de fango en los pólderes. Ya se han sembrado casi 40.000 plantas de acacia en las áreas de Merea, Liwa y Tantaveroom.
En cada área piloto, la comunidad eligió un comité para monitorear la implementación del proyecto y asegurar su éxito. Tanto jóvenes como adultos se están movilizando cada día para proteger a las plantas recién sembradas y luchar contra la amenaza de la desertificación.
El PNUD ha donado kits agrícolas, valorados en más de 80 millones de francos CFA (unos US$ 140.000), a más de 400 hogares situados en torno al río, con el fin de impulsar la producción de alimentos y luchar contra la pobreza.
“Las mujeres del lago son agricultoras por naturaleza. Estos kits ayudarán a fortalecer sus habilidades y contribuir a reducir la inseguridad alimentaria en la región”, dice Respa Bevia, representante de la unidad de coordinación e información de la Asociación Femenina de Bol.
En un futuro cercano, los medios de subsistencia y las actividades de reintegración se pondrán en práctica para prevenir el extremismo violento y la radicalización a través del proyecto plurianual Estabilización Regional Integrada, financiado por el Gobierno de Alemania y coordinado por las oficinas del PNUD en Abuya y Maiduguri, Nigeria, con presencia en los otros tres países que colindan con el lago. En general, se estima que unas 4.800.000 personas se beneficien indirectamente gracias a la implementación del proyecto.
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