Horas antes de que el huracán tocara tierra, la red eléctrica en Cuba colapsó, dejando a 11 millones de personas sin electricidad. Muchos lugares del país, además, perdieron el acceso a la conexión de telefonía móvil y al servicio de gas durante horas.
Y una vez tocó tierra, acabó con la vida de al menos cinco personas, dejó a 636 mil niños sin poder asistir a la escuela y arrasó más de 21.000 hectáreas de cultivo.
Más de la mitad de las viviendas de la provincia de Pinar del Río, en la que vive Carlos, quedaron afectadas; otras más de 100.000 de cuatro provincias distintas también fueron sacudidas.
La magnitud de los recientes cambios en el sistema climático no ha tenido precedentes en muchos siglos. E incluso milenios. Así lo señalaba el 6º informe de evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC). Y en Cuba, Ian fue una muestra de ello.
A los estragos del clima se le suma la superposición de varias condiciones retadoras de partida que afectan al país: las dificultades para suplir la demanda eléctrica, la escasez de productos alimenticios elaborados y medicamentos, la inflación, así como los obstáculos para la distribución de agua.