El desarrollo ha impulsado avances significativos: vidas más largas, mayor acceso a la educación, menos pobreza y, sobre todo, la esperanza de un mejor futuro. Pero la realidad ha cambiado. Nuestros logros del pasado están en riesgo y nuestros planes para el futuro en peligro.
Pero, ¿por qué sucede esto? Porque el mundo atraviesa transformaciones profundas. Y esos cambios están desatando riesgos complejos, intensificando la incertidumbre y desencadenando crisis sucesivas. Los riesgos siempre han existido, pero ahora se han multiplicado, son más intensos y están cada vez más interconectados. Hoy tienen lugar a mayor escala y causan daños más graves.
Los modelos políticos y económicos están cambiando. Las tensiones geopolíticas aumentan. La población crece en muchos lugares, mientras que en otros se reduce drásticamente. El cambio climático golpea con más fuerza que nunca. Se están reestructurando los sistemas energéticos que impulsan las economías. Las nuevas tecnologías transforman el comportamiento social y político, al tiempo que revolucionan múltiples industrias, crean otras nuevas y modifican la dinámica de los mercados laborales. Y, mientras las crisis se agravan y las necesidades aumentan, los actores humanitarios menguan.
Ningún país es inmune. Sin embargo, ante el aumento de los peligros, la parálisis es una posibilidad. Y sería muy costosa para las personas, el planeta y la paz.
Debemos trazar un nuevo rumbo.