Rosa ha sido Cordinadora de Tuberculosis y Lepra del Sub-Condado en Mombasa, Kenia, durante 19 años. Ella experimentó por primera vez el impacto del estigma mientras trabajaba en un hospital que trataba tuberculosis.
"Uno de los miembros de mi familia tuvo tos y los consultores no pudieron entender por qué los antibióticos no estaban funcionando. Pero la tuberculosis había llegado a mi casa. Fue lo peor que pudo haber pasado", recuerda. "No se lo dije a nadie”.
A lo largo de su carrera, Rosa ha sido testigo del devastador impacto de las actitudes discriminatorias hacia las personas que viven con tuberculosis: "Recuerdo que expulsaron a las mujeres con tuberculosis del hogar conyugal, y a una mujer que amamantaba se le quitó el bebé".
"La gente ni siquiera quería colgar su ropa en el mismo lugar que alguien que tenía tuberculosis".
El trabajo de Rosa ahora se centra en asegurar el acceso a los servicios de salud para las personas que consume drogas. Para esta población de alto riesgo, la exclusión social, la pobreza y potencialmente una historia de encarcelamiento, crean un ambiente donde la tuberculosis puede propagarse rápidamente. Pero el miedo a la discriminación y la criminalización a menudo lleva a las personas que consumen drogas a la clandestinidad, poniendo en peligro sus vidas y las de quienes las rodean.
"Las personas que consumen drogas no son aceptadas en la mayoría de las comunidades y cuando deciden obtener apoyo, ya han tenido tuberculosis durante mucho tiempo. La recepción por parte de algunos trabajadores sanitarios puede que tampoco sea positiva, aunque esto está mejorando", añadió.