“Cuando era trabajador agrícola, ganaba 50 centavos al día. Pesco desde que soy niño, pero solo con una caña sencilla, ya que no me alcanzaba para más”. Charles Livingstone es padre de siete hijos y presidente de la comunidad de pigmeos en Idjwi, región de colinas verdes rodeadas por las aguas del Lago Kivu, en la parte oriental de la República Democrática del Congo (RDC). Es uno de los muchos que en la isla están luchan por sobrevivir con pocos medios.
Hermosa y aislada a la vez, la isla de Idjwi se enfrenta a una serie de desafíos sociales y medioambientales. El área, densamente poblada, tiene una economía con dificultades y pocos servicios sociales que funcionen, lo que hace que la mayoría o está desempleada o, en el caso de Charles, tenga escasas oportunidades de trabajo. Más del 80% de sus habitantes trabaja en el sector informal, sobre todo en la agricultura y la pesca.
A pesar de su aislamiento, esta zona es un lugar de paz en el este de la RDC. Idjwi a menudo ha acogido a refugiados que huyen de la violencia, como durante el genocidio de Rwanda en 1994. Sin embargo, la sobrepoblación ha llevado a una masiva deforestación de la isla. La erosión del suelo ha impactado las cosechas y la desnutrición afecta a muchas familias. Desde comienzos de 2015, la proliferación de enfermedades en las plantas ha comprometido seriamente la cosecha de alimentos esenciales, como banana y mandioca. La inseguridad alimentaria es una constante amenaza.
En Idjwi, todos saben pescar. La mayoría de las familias tiene por lo menos un miembro que a menudo pesca, aunque esto no necesariamente se traduce en ingresos. Esta situación es todavía más seria para la comunidad indígena pigmea, que muchas veces trabaja para la población bantú sin tener acceso a la tierra ni a los servicios básicos como educación o salud.
Una iniciativa del PNUD creó seis tripulaciones pesqueras con todos los implementos necesarios. La emplean juntos pescadores bantús y pigmeos, generando empleo y creando oportunidades de cohesión social. Charles dice que “antes había mucha tensión y falta de entendimiento. Ahora comemos y trabajamos con los bantús. Mientras más trabajamos y pescamos juntos, mejor estamos”.
Un grupo de 11 pescadores que sale a pescar gana unos US$80. De esa cantidad, 25% va a la cooperativa, 25% a la amortización de sus equipos, y el 50% restante y parte de lo pescado se divide entre los miembros del grupo y sus familias. Charles ahora gana unos $2 por día y, aunque es una suma modesta, es cuatro veces lo que ganaba como trabajador agrícola.
A pesar de la abundancia de piñas en la isla, el jugo es importado, ya que hasta hace poco no había capacidad para producirlo localmente. Esto va a cambiar con la nueva fábrica de producción de este producto, parte de un esfuerzo por generar más empleos e ingresos. Ahora no solo las familias que cosechan este fruto generarán un ingreso, sino que también los jóvenes tendrán la oportunidad de aprender un oficio.
Con una capacidad de producción de 2.000 litros por hora, el jugo de piña de Idjwi puede transformarse en el último éxito del mercado.
Otra actividad tradicional de la isla es la cría de pavos. Muchas mujeres y hombres de las aldeas más remotas se dedican a esto. Sin embargo, hasta hace poco el aislamiento dificultaba la venta y la generación de ingresos. Ahora, gracias a la sede de la cooperativa que se construyó cerca del puerto, las exportaciones a Bukavu y Goma crean medios de vida para muchas familias y se ofrecen capacitaciones a los granjeros.
El veterinario Jean Pierre trabaja en el criadero y asegura que “la cooperativa de pavos mejorará la seguridad alimentaria de las familias y ayudará a que más niños vayan a la escuela”.
La Cooperativa de Kivu de Productores y Comerciantes de Café, que se creó en 2011, apoya a cerca de 700 productores, casi la mitad de los cuales son mujeres.
Saouda, de 23 años, produce café con su esposo. La joven pareja tiene 250 árboles cafeteros. También cultivan mandioca y otros vegetales para su consumo propio.
“Antes de que existiera la cooperativa, mi esposo iba en canoa hasta Rwanda a vender nuestro café. Era peligroso y mal remunerado. Ahora tenemos precios fijos por kilo. Eso me ayuda a administrar nuestros gastos y a mandar a nuestros tres hijos a la escuela”, asegura.
El trabajo del PNUD en Idjwi cuenta con el apoyo del Gobierno de Japón. Esta cooperación ha ayudado a 6.750 familias, 13.000 niños afectados por los conflictos y 1.248 niños que antes estaban asociados con grupos y fuerzas armadas en la parte oriental de la RDC.
4.500 productores de mandioca y banana han aprendido a luchar contra las enfermedades locales de las plantas.
500 familias aprendieron a enfrentar la erosión del suelo.
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