La protección y la seguridad se encuentran en la base de la Pirámide de Maslow, por debajo en importancia de las necesidades vitales absolutas: aire, agua, alimento y refugio.
En los años que precedieron a la COVID-19, las personas tenían una vida que era, por lo general, más sana, más próspera y con mejores condiciones.
Aun así, empezó a arraigarse una creciente sensación de malestar que ahora ha cobrado fuerza.
El nuevo informe del PNUD “Las nuevas amenazas para la seguridad humana en el Antropoceno” revela que 6 de cada 7 personas en el mundo, incluyendo los países más ricos, experimentan niveles altos de inseguridad.
La pandemia puede haber potenciado este sentimiento. A diferencia de cualquier otra crisis reciente, ha arrasado con muchas dimensiones de nuestro bienestar y ha hecho retroceder el desarrollo humano.
Además de las terribles consecuencias sanitarias, la pandemia ha trastornado la economía mundial, ha interrumpido la educación y los planes de vida, ha perturbado los medios de subsistencia y ha agitado la división política en torno a las mascarillas y las vacunas.
Incluso con la distribución de vacunas y la recuperación económica parcial iniciada en 2021, la crisis se ha caracterizado por una reducción en la esperanza de vida de aproximadamente un año y medio.
A esto se suma una creciente desconfianza en los demás y en las instituciones que, en teoría, fueron concebidas para protegernos.
Si bien el mundo siempre ha estado en continua transición, los retos que encaramos hoy conforme avanzan la tecnología y hacemos frente a desigualdades y conflictos, están desplegándose en un escenario diferente. Ahora estamos en el Antropoceno, la era en la que los seres humanos están transformando el planeta de manera dañina y sin precedentes.
Es un baile mortal de cuyas consecuencias nadie escapa.
“A pesar de que la riqueza mundial es más alta que nunca, la mayoría de las personas se sienten temerosas sobre el futuro y es probable que estos sentimientos se hayan visto exacerbados por la pandemia. En nuestra búsqueda de un crecimiento económico desenfrenado, seguimos destruyendo el mundo natural mientras crecen las desigualdades, tanto dentro como entre países”.
– Achim Steiner, Administrador del PNUD.
El mundo no está siquiera medianamente preparado para hacer frente a las perturbaciones que nos depara el Antropoceno.
A medida que la vida humana se vuelve más precaria, la era del Antropoceno está echando leña al fuego de los conflictos: el número de conflictos que involucran al estado, actualmente en 37 países, es el mayor que se ha registrado desde que acabó la Segunda Guerra Mundial.
Los conflictos violentos se están normalizando en muchos lugares, haciendo que más de 80 millones de personas se vieran forzadas a desplazarse en 2020, lo que constituye el doble de las cifras registradas en la última década.
Alrededor de 1.200 millones de personas viven en zonas afectadas por conflictos, casi la mitad de ellas en países que no se consideran frágiles.
A pesar de los avances en la riqueza y el nivel de vida, las viejas desigualdades persisten. Además, se está dando paso a una nueva generación de inequidades, como la capacidad de prosperar en una economía moderna y el acceso a tecnologías, las cuales se han convertido en necesarias, como Internet de banda ancha.
La tecnología es un arma de doble filo que encierra vastas oportunidades a la vez que riesgos potencialmente catastróficos.
De la misma manera que la digitalización puede conectar a las comunidades, fomentar la educación y crear nuevas habilidades, así como promover la seguridad humana, los medios sociales están difundiendo información errónea y alimentando la polarización.
Se calcula que, en 2017, el 95 % de las empresas de África tenían una calificación que las colocaba en el “umbral de pobreza” de la ciberseguridad o por debajo, siendo incapaces de protegerse de ataques maliciosos.
Los daños ocasionados por la delincuencia cibernética tendrán un costo aproximado de USD 6 billones en 2021, lo que supone un aumento del 600 % desde el inicio de la pandemia en 2020.
El concepto de seguridad humana, introducido por primera vez en el histórico Informe sobre Desarrollo Humano de 1994, supuso un cambio radical respecto a la idea predominante de que los seres humanos estaban seguros si vivían en una zona geográfica “segura”.
El informe sugería, en cambio, que la seguridad estribaba en que todas las personas vivieran libres de carencias, libres de miedo y libres de indignidad.
Casi 30 años después, es aún más claro que, a medida que la tecnología está encogiendo las dimensiones del mundo y la emergencia climática empeora, nuestra seguridad depende de mucho más que de las fronteras nacionales.
La verdad es que solo podemos estar seguros si podemos confiar en la maquinaria de los Estados y los mercados, y si nuestros vecinos también están seguros, algo que la historia actual nos está recordando.
“Un elemento clave para la acción práctica que se destaca en el informe es la construcción de un mayor sentido de solidaridad mundial basado en la idea de seguridad común. El concepto de seguridad común reconoce que una comunidad solo puede ser segura si sus comunidades también lo son. Esto es algo que estamos viendo con suma claridad en la actual pandemia: la impotencia de las naciones para impedir que nuevas mutaciones de este virus atraviesen las fronteras”.
– Asako Okai, Secretaria General Adjunta de las Naciones Unidas y Directora de la Oficina de Crisis del PNUD.
La vida moderna es como un cubo de Rubik: cada movimiento encierra una reacción en cadena. La tala de bosques puede traducirse hoy en más terrenos para la agricultura, pero dañará la biodiversidad y el clima de manera perjudicial.
Estamos viviendo un momento único. Tenemos la oportunidad de alejarnos y abandonar las medidas de seguridad fragmentadas e ineficaces para poder reparar la confianza ante la desigualdad, los conflictos y la tecnología. Y para ello debemos escuchar las necesidades de las generaciones presentes y futuras, y adoptar lo que funciona a nivel local y mundial, tanto en los países en desarrollo y en los desarrollados.
“Es hora de aceptar que la seguridad humana es una misión colectiva, la cual está fundamentalmente ligada a la seguridad de nuestro planeta”.
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