Un comandante rebelde, cuya forma de hablar llamaba la atención de todos, se sorprendió al descubrir que quien lo demandaba era su tío, con el que vivía bajo el mismo techo y había compartido el desayuno esa misma mañana.
“Es recién ahora que descubro que mi acusador es mi propio tío”, manifestó. “Todo lo que hice durante la guerra, estuvo mal. Solo deseo que la guerra no se vuelva a producir jamás”, afirmó.
Tuvo que responder por cuatro causas que habían interpuesto distintas personas. Fue uno de los pocos agresores con los que conversamos que parecía haber dejado la guerra atrás, hasta que comenzó el proceso de Palava Hut.
“De verdad no pensaba que había hecho nada malo, y saqué todo eso de mi mente”, confesó con una emoción inesperada. “Me siento mal por mí mismo, y me entristece que cuatro personas que conozco me acusen, aunque estaba feliz con mi vida. Le pido a Dios que me convierta en un hombre mejor y que me señale el camino a seguir”.
Hubo otros que no reconocían ni recordaban a sus víctimas, pero que admitieron las acusaciones.