“He tenido una vida dura y amarga”, dice Hang Roeung, de 63 años. El presente no le preocupa. Aunque la vida en Peam Ta es agradable y está contento de que el pelotón esté eliminando las minas, no logra olvidar el pasado. Hang fue soldado en el ejército de los Jemeres Rojos desde 1972 a 1998, prácticamente todo el periodo que duró su régimen. “Combatí para proteger al pueblo Jemer y nuestra identidad nacional frente a la invasión vietnamita”, explica.
Durante esos años, colocó muchas minas. La posibilidad de que algunas de ellas puedan herir o matar a personas, incluidos niños, no le preocupa.
“No me arrepiento de haber estado en los Jemeres Rojos”, dice.
Sus compatriotas nunca han mostrado animosidad hacia él por haber formado parte de un régimen genocida, asegura.
Algunos de sus vecinos corroboran lo que dice . “Todos somos Jemer”, explican. Con tantos antiguos Jemeres Rojos en la región, sería imposible vivir en paz si no fueran aceptados. Aunque el asunto va más allá de ser una cuestión meramente práctica.
“Este es un país budista”, explica Tong del PNUD, “y el budismo habla de compasión. En cierto modo, ese hombre es también una víctima”. El castigo, dice, quizás lo único que hace es aumentar el sufrimiento en el mundo. Visto de esta manera, la limpieza de las minas se convierte no solo en una cuestión de seguridad pública, sino también de reconciliación nacional.